lunes, 1 de junio de 2009

dieciséis años

lo que fue
tenerte dentro de mí
sin estrago ni daño
y más tarde tu boca pequeñita y ansiosa en mi pecho
después
tu mano dentro de la mía
tus medias palabras
tus palabras completas
tu sonrisa y tus ojos

esos animalitos que te inventabas
el dinosaurio vampiro
la serpiente lagarto
y el tiburón fantasma

tu dolor
y la violencia que sin querer viviste
el amor
que sea como sea siempre te quisimos dar
tus certeras frases de niño lúcido
tus pasos no siempre firmes
tu miedo
y los meses oscuros
de angustia y de presagios

lo que fue
desgarrarme las entrañas
para poder curarte

lo que es ahora
mirarte sonreír una vez más
como creí que nunca volvería
y saber
y sentir
que las cosas no pasan porque sí
que vives
que comprendes
que todos aprendimos
y que sigues
y nosotros contigo

dieciséis años

martes, 19 de mayo de 2009

la última oportunidad de amar

Crisálida, despierta a volar
que es muy tarde ya
es la última oportunidad de amar
Pancho Prado

aunque sea en silencio
aunque sea aplastando entre las venas
este rumor de llanto
y la felicidad
de aún así
poder sentir
y ya no tener miedo

aunque sea pecado
o aunque ya no lo sea
aunque sea rompiéndome las manos
aunque sea de espaldas a la vida
o a la muerte

aunque sea un secreto
siempre a voces
o el susurro que acuna las noches de insomnio

aunque sea como sea
ya sin preguntar nada
y sin llorar
más de lo estrictamente necesario
así nomás
pero siempre con todo
lo que puede dar el alma

para al fin compartir
un minuto de regalo
una sonrisa apenas
o el incierto escenario de los sueños

para saber que estás
y existes
para temblar si sufres
para abrazar el gozo o la tristeza
que danzan en tus ojos
para inventar un Dios
para rezar
por vos

lunes, 27 de abril de 2009

hablar contigo

El tiempo se hizo verbo.
Y el verbo se hizo abrazo.
Te vi.
Te oí.
Esa leve cascada de palabras serenas y emocionadas, sabias y humildes, anidando una a una en mi cerebro, acompañando el ritmo de mis venas.
Y supe que la lluvia, las tempestades y las tormentas ocurren tal vez para dejar la tierra más fértil.
Vi de nuevo tus ojos del color de mi esperanza.
Y esa sonrisa que alguna vez anidó en mi vientre.
Chiquito.
Sangre de la sangre que algún momento pensó en detenerse por la fuerza del dolor.
Ángel que se levanta poco a poco después de caer.
Almita.
Chiquito mío que sin embargo ya no cabes en el hueco de la mano.
Ni dentro de los ventrículos acelerándose en su bombeo al recoger la humilde sabiduría de tus palabras de niño que ha bajado a los infiernos para hacerse hombre.
No sé lo que vendrá después: los dioses suelen ser caprichosos y el destino camina por ahí de espaldas, como el noveno arcano, marcando tan solo el pasado con la vacilante luz de su linterna.
Pero tu voz resuena aún en mis latidos: siempre estuvieron, hay tanta gente detrás de mi recuperación.
Tu voz, recordando nombres que pensé que se te habían borrado o que ni siquiera determinabas: Anita, los abuelitos, el Jero, la Mari, el Juan, la Luna, los tíos, Santy, Paco, Pancho, Franc, Luli… junto a los nuevos nombres: Jairo, Hernán, Lorena, Fabián, María Luisa… y la gratitud para todos matizándote la esperanza de los ojos.
¿Qué precio tiene abrir por fin el corazón?
Semilla del amor que un día creí perder.
Florcita herida que lentamente recupera el color de sus pétalos.
Tus brazos en torno a mi torso.
Y en medio del abrazo más esperado de la vida, una sola palabra que coloca las cosas en su sitio:
-Mamita.

domingo, 26 de abril de 2009

preludio (dolor)

esta espinita
esta derrepéntica gana de abrazarse a una almohada
a un peluche
o a un recuerdo feliz que ya no está
esta urgencia de glándulas lacrimales a chorros
aunque no se comprenda bien
por qué
/pero por favor que sea sin más ruido que la música de fondo/
este no saber
haber vivido y aparentemente todo bien
pero
ay
ay
ay
esa guitarra de leo brower
tan solo arañando el aire
y el alma
esta necesidad de una tímida presencia
con silencio cómplice
este preludio
dolor

viernes, 10 de abril de 2009

la esperanza tiene el color de tus ojos

Ayer te vi.
A los tiempos.
No sé si has crecido en talla; pero veo en tu rostro algo que no estaba antes.
Madurez.
Ya no quiero recordar los malos ratos. No quiero pensar nuevamente en todo lo que ayer me forcé a recordar para poder causarte el golpe necesario que te hiciera tomar conciencia de que uno no puede andar por ahí autodestruyéndose y de paso arrasando con la vida de quienes nos aman.
Simplemente, ayer te vi.
Y vi en tus ojos una nueva luz.
Algo que no había.
Esa luz, a veces triste, de la comprensión de lo que va más allá de nuestras posibilidades.
Ya no vi orgullo ni arrogancia.
Vi las marcas del dolor y de la separación forzada.
Y vi el reflejo de mi propio dolor.
Sin embargo, te vi bien, y eso es lo que cuenta.
Hubo lágrimas por ahí, para demostrar que tu alma no se ha echado a perder aunque a veces así me haya parecido.
Pero también hubo alguna sonrisa.
Tu sonrisa.
Eso que creí no volver a ver nunca más.
Y pude sentir tus latidos tan cerca de los míos como cuando ocupabas un espacio dentro de mi cuerpo, aunque no nos hayamos podido abrazar.
Ayer te vi y vi cómo la vida se puede reciclar después de las tormentas.
Y entendí una vez más que el camino es andando.
Y supe que hay esperanza en todas partes.
Esa esperanza alada y maravillosa que hoy por hoy tiene el mismo color de tus ojos.

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