Soy de esos seres que no pueden matar una mosca sin sentir remordimientos de conciencia. Y que en el momento que trituran entre las dos uñas de sus pulgares a una pulga del perro o del gato se preguntan si no estarán alterando irremisiblemente el ciclo del universo. No soy vegetariana por razones que no viene a cuento mencionar aquí, pero a veces también me cuestiono sobre ciertas maneras de faenar y ciertos modos de producir comida de origen animal. Y por supuesto, odio las corridas de toros.
Por todo eso, se me hace tan difícil acercarme siquiera a la comprensión de por qué un hombre joven (23 años, dicen) puede hacerse de un arma, ir a la universidad en donde estudiaba y arremeter a tiros hasta acabar con la vida de treinta y tres personas, incluida la suya.
Durante esta semana, los periódicos, la gente que sabe y la gente que piensa han emitido toda clase de opiniones. Las he oído desde racistas: "Tenía que ser un chino..." (para comenzar, era coreano del sur, y además, qué es eso de "tenía que ser...", de seguro son las mentalidades que ya se están previniendo, con un servilismo digno de mejor causa, contra la competencia de China ante Estados Unidos), hasta otras mucho más sensatas y ponderadas.
Pero, en el fondo, creo que las explicaciones de cualquier tipo sobran, y lo que queda flotando en el aire son las preguntas sin respuesta: ¿Es este niño, que desde los ocho años vivió en Estados Unidos, acaso un cínico y descarnado ejemplo de los posibles resultados de buscar el "sueño americano" más allá de cualquier desarraigo o ruptura con la propia cultura y la propia identidad? ¿Cuánta discriminación, cuánto maltrato, cuánta agresión y hostigamiento pasaron por esa vida antes de que se decidiera a arremeter a tiros indiscriminadamente contra sus iguales y desiguales a un mismo tiempo? ¿Por qué sus relatos ya hablaban de venganzas sangrientas, de muerte violenta, de agresiones sin cuento?
Es muy fácil mandar al infierno a la gente que falta a alguno de los diez mandamientos. Es muy fácil hablar desde nuestra pureza de seres inmaculados que no somos capaces de matar una mosca (yo, por ejemplo). Pero, ¿acaso estos muchachos, hombres y personas que se agarran a tiros contra lo primero que encuentran no son sencillamente la parte visible de un monstruoso iceberg? Y sobre todo, ¿qué puede decir contra este suceso un país, un gobierno que autoriza alegremente la posesión y el uso de armas mortíferas y que ha enviado, hoy por hoy, a ciento cincuenta mil hombres a hacer lo mismo, y de peores maneras, solo que en nombre de unos deleznables y supuestos valores "occidentales y cristianos" (léase "capital" y "petróleo")?
Piénsalo tú también...