
con pisaditas de nube
[reflexiones sobre la difícil poética de un género intrincado y variopinto]
Conocí la canción de autor a través de una tía fanática de la música folclórica argentina y las canciones de Joan Manuel Serrat. Mi tía era bien selectiva en cuanto a sus gustos musicales. Lo sigue siendo. Por ejemplo, de la música argentina le gustaban Los Fronterizos (para nada Los Chalchaleros)… y Serrat, bueno, poco a poco fue dejando de gustarle a medida que los resquebrajamientos e imperfecciones de su voz comenzaron a aumentar; es decir, el gusto fue decreciendo de manera inversamente proporcional al deterioro de la voz del cantautor.
De su mano, comenzaron a gustarme las mismas cosas y luego otras más a las que ya no quiso o no pudo acceder. Pero nos centraremos en la canción de autor, y en el título de esta intervención que no me atrevería a llamar ponencia. Porque la canción de autor es un producto contradictorio desde su nacimiento, y para eso observemos algunas creencias comunes en torno a este tipo de canción:
Para peor, ahora resulta que se apoderan del título de canción de autor o cantautor una serie de intérpretes y géneros que antes ni soñar: Ricardo Arjona figura como cantautor en la enciclopedia Wikipedia, en primer lugar de la lista por eso del orden alfabético. Y no sé si alguien aquí presente se ha topado en algún anuncio con el doble y más contradictorio que qué calificativo de ‘cantautor cristiano’, vayan a ver de qué va eso. Porque, supuestamente, se ciñen a la definición literal del término en donde ‘cantautor’ es el que canta las canciones que ha compuesto y escrito (no importa si bien o mal) y ya.
Más antigua de lo que siempre pareció, con hondas raíces en tradiciones musicales francesas y anglosajonas, comercial como todo en este mundo, lírica y personal, elitista e intelectualizada, en nuestros días ganada de mano en lo de la rebeldía por géneros como el punk y el Oi de izquierdas, a veces secuestrada por un poco de gente que no sabe muy bien de lo que se trata (¿de qué mismo se trata?), la canción de autor se me hace cada vez más difícil de definir y diferenciar de otros géneros, aunque nunca llegaré a confiar en lo que me cante un cantautor cristiano ni a afirmar muy suelta de huesos que Ricardo Arjona es un cantautor, o por lo menos un buen cantautor. Pienso, además, que no solamente a mí me ocurre esto. Suele suceder que pertenezco a un grupo de gente que puede reconocer una canción de autor cuando la escucha, y sin embargo, en el momento de dar definiciones, simplemente se queda sin palabras. Incluso desde mi posición de escritora de ficción y poesía, para nada experta en el tema de la canción de autor, se me hace difícil elaborar una definición suficientemente abarcativa del concepto.
De momento, entonces, marcaré algunos elementos que se hacen indispensables para una canción de autor. Y antes que nada tengo que aclarar que no son para nada elementos académicos ni fruto de un largo estudio. Sencillamente, algo que nace de mi observación y de mi experiencia, desde luego limitadas, así como de mi particular gusto por la canción de autor como género:
Quizá si una canción cumple con por lo menos tres de las cinco condiciones señaladas más arriba se pueda considerar una canción de autor al 60%, pero también cabe que sea una de esas manifestaciones artísticas que no necesitan de una exacta definición académica para existir y tener su lugar en la sentimentalidad y el espectro musical de nuestro mundo.
La canción de autor, por otro lado, ya no es un producto juvenil (ni siquiera lo era en las décadas de los sesenta y setenta). Pinta bastantes canas, y sin embargo, sin necesidad de cirugías plásticas ni liposucciones, rejuvenece cada día. Mejor dicho, cada vez que algún autor enamorado de la vida, con sus dificultades y su belleza, toma una guitarra (o cualquier otro instrumento) y entreteje una letra y una música como si solamente se tratara de coser y de cantar.