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lunes, 19 de marzo de 2012

madre cariñito santo


por Miguel Vera
nos tocamos en suerte
qué le vamos a hacer
aunque quieras
no hay divorcio posible
entendí que esperaste mucho de mí
como todas las madres aunque digan que no
y quizá tenías razón
después de tanto trabajo
de tanto dolor aguantado
de tanto novio rechazado desde que el viejo se fuera con otra(s)
por cuidar de nosotros
sobre todo de mí

no vengas a alumbrar mi existir
madre cariñito santo
que yo pago mis cuentas de la luz
sin ti de seguro mi vida tendrá un momento de llanto
pero continuará
porque comprendo
que el destino del hombre es la orfandad
y el de la mujer también
supongo

lo que no quiero
es oír tus reproches sobre lo que me gusta ser y hacer

lo que no quiero
es que perdamos tiempo de vida
revisando las normas que he incumplido
en lugar de seguir jugueteando como cuando era un bebé y me hacía caca tranquilamente y no tenías ningún problema en cambiarme los pañales
en lugar de contar chistes y simplemente reírnos
en lugar de mirar por la ventana el mundo al que me
has entregado
y poder decidir
sabiendo que mis ojos sí son como los tuyos
pero observan las cosas
de un modo diferente

jueves, 7 de abril de 2011

los gestos de mi madre

El último mes de vida de mi madre pudimos tener una relación muy especial, todo gracias a algo que podría ser considerado desafortunado: mi mamá tuvo una infección muy grave en un ojo, y a mí me tocó llevarla al oftalmólogo durante los viernes de tres semanas consecutivas. Hacía unos cuantos años que la Marthita Rodríguez, mi madre, venía sufriendo de un Alzheimer severo e incapacitante. En este último mes la infección de su ojo izquierdo fue el preámbulo del fin, aunque en aquel momento aún no lo sabíamos. Sin embargo, su deterioro era cada vez más evidente, incluso en cuestiones tan simples como subir al auto o cruzar la calle hasta el edificio del consultorio.
El último día que fuimos, después de recibir con egañoso alivio el alta del médico y antes de salir, le dije a mi mamá que agradeciera al doctor. Y no deja de enternecerme el gesto de niña con el que siguió mi 'orden':
-Gracias, doctor.
Después le dije "despídase", y ella se despidió:
-Chao, doctor.
Sentí una mezcla de gracia y ternura ante su obediencia. Quince días después, una descompensación metabólica severa terminó con la poca lucidez que le quedaba, y habría terminado con su vida de no ser porque mi hermano y mi padre llamaron la ambulancia que la llevaría al hospital donde una semana después falleció.
Siempre he pensado que la muerte de los padres es algo que hay que tomar con entereza y dignidad. Después, de todo, ¿cuál es la alternativa? Al revés sería peor, sobre todo para ellos. Sin embargo, no deja de ser un desgarramiento profundo, un dolor que mientras no se vive no se comprende en su intensidad ni en su totalidad. Con frecuencia pienso en mi madre, en esos "Gracias doctor" y "Chao doctor" que le hice decir al despedirnos del oftalmólogo. Me hacen falta sus abrazos ya sinceros y desprovistos de miedos y prejuicios de los últimos meses, de los últimos años, sus palabras cariñosas, su sabiduría de oráculo ante mis preguntas muchas veces angustiadas y angustiosas ante los avatares de mi vida.
En las últimas semanas me ha hecho una falta sin nombre. Me resulta muy triste pensar que no la volveré a abrazar. Y a eso se han unido todos los restos de crisis personales que andan por ahí, tal vez tras la misma detonación de la orfandad.
Pero poco a poco hay cosas que suceden, de la nada, y que aparentemente no tienen relación, pero donde mi corazón lacerado por la ausencia descubre matices de esa ternura que los desencuentros del orgullo y de las formas no nos dejaron ver a lo largo de la mayor parte de la vida: ese plumón que brotó de mi ropa al final de un día de trabajo especialmente duro; o el que apareció, como si nada, junto a su fotografía en mi altar de meditación después de una noche particularmente difícil.
Y el arcoiris: hace unos días, mientras iba por la carretera a algún compromiso, sintiéndome triste y desamparada por algo que se podría llamar Todorreunido sin temor a equivocarnos, de repente aparecieron primero dos pequeños arcoiris por encima de las nubes, en medio del aguacero, y unos pocos kilómetros más allá, el más soberbio y espectacular arcoiris que he visto en mi vida: una media circunferencia completa cruzando el cielo de horizonte a horizonte. Hermoso. Sentía que si extendía la mano lo podría tocar sin ningún problema. Entonces recordé las palabras de mi madre, ya perdida en el mar de su inconsciencia, en un día muy difícil para mí: "Eres una mujer preciosa, y tienes un hermoso corazón". No sé si será así. A veces soy insegura de mis cualidades. Pero por otro lado, me lo dijo mi madre desde la sabiduría sin trabas de su amor más allá de la cordura. Así que tal vez las plumas y el arcoiris, y sus palabras regresando a través del tiempo sigan siendo el regalo de su ternura que tanta falta me ha hecho en este tiempo. Los gestos de mi madre, más allá de la muerte.

miércoles, 14 de julio de 2010

inusual canción de cuna



tal vez ya vaya siendo hora
de descansar
de olvidar los retazos de dolor
que aun queman la memoria perdida
mamá
tal vez ya vaya siendo hora
de abrir la mano
y soltarse por fin
de los lazos del porqué y el para qué
¿te digo una cosa?
estás aquí
donde dejaste tantas veces
las lágrimas junto al termómetro
el miedo por los hijos enfermos
la bolsa de agua caliente para el cólico menstrual
y el reproche que tenía
más de miedo y amor que de reclamo
estás en la piel
de los nietos adolescentes
que no olvida las caricias de sus primeros meses
en las ropitas tejidas que tal vez aún anden por ahí
y en la risa que acompaña recuerdos imborrables
no temas
mamá
el aire quedará tranquilo después de ti
vibrando en el abrazo que me diste
cuando tan solo tu alma pudo ver
el desgarrón de la mía
por no haber sido tan buena como tú
como en toda vida que se respete
hubo también llanto y peleas
desencuentros
y miedo
nadie es perfecto
mamá
y ni tú ni yo teníamos por qué serlo
pero no temas
sonríe
justo ahora recuerdo
que te encantaba actuar siempre con cualquier pretexto
y que más allá de la amargura y el enojo
construías con disfraces la risa de las fiestas de quito
y los sociodramas de la oficina
¿sabes?
no lo pudiste ver
pero yo también me subí en un escenario
y fui feliz
feliz de hacer lo que a ti te gustaba tanto
mamá
y tan solo ahora
que te veo desamparada ante el rigor de los relojes
fugaz y pequeñita en aquella cama de hospital
me doy cuenta
de que también ahí
entre luces y aplausos
estuviste conmigo
y
en
mí
y te amo más por eso
mi querida mamá

jueves, 30 de julio de 2009

regreso


el hijo vuelve a casa
y encuentra que las cosas se han vuelto más pequeñas
pero ya no le duele
simplemente sonríe
con el gruñido del perro
que de primera no lo reconoce
y después salta alborozado para alcanzar su mano
se deja acariciar
por el ronroneo del gato
y se des/reconoce en los espejos
y en los ojos de los seres amados

el hijo camina cauteloso
recogiendo los pasos
y mira en las paredes las cicatrices
que el viaje por el infierno nos dejó
pero ya puede sonreír de otra manera
y su sonrisa enciende los cristales

el hijo rasca suavemente
la oreja de su hermana
porque ha redescubierto la ternura
y el color paradisíaco de cada abrazo
aunque a ratos parezca
que tal vez no

el hijo
quizá trae agua en las manos
para calmar la sed de la nostalgia
mientras se enternece
y camina despacio
sin ganas de regresar al terror del pasado

el hijo nada a través del tiempo
y del viento
la lluvia ha hecho brotar
hojitas verdes de todas sus ramas
y puede repetir los “te quiero” a cada paso
ya sin sentir vergüenza ni miedo

el hijo vuelve a casa
no va a quedarse hoy
solamente revisa
en las estanterías de su pecho
lo que quedó de todo
lo que guarda u olvida
solamente camina doce pasos
despacito
tal vez así
otro día por fin pueda llegar

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