
Imposible ignorarlo.
Imposible dejar de verlo.
Imposible no escribir sobre él.
Yo no soy socióloga, antropóloga, musicóloga ni ningún logo de estos que me podría ayudar a expresarme con conceptos técnicos acerca del fenómeno “Delfín Quishpe”, pero creo que puedo decir lo que siento al mirar su patético video “Torres gemelas”.
Y lo primero que siento es desconcierto. ¿Quién lo hizo (al video) y por qué lo hizo (ídem)?
A pesar de mi ignorancia en el tema musical, noto que la música en sí es bastante simple, pegajosa como para un baile de esos en los que los asistentes están tan borrachos que su danza se construye de movimientos reflejos ante en “bum bum” imperante. Supongo que esas son las especificidades de lo que el mismo Delfín (nombrado así por ser el último hijo) llama “Tecno folclor andino”. Y la voz… en fin, un tono plano, la voz de cualquier persona sin mayores dotes musicales, aunque pudiera ser algo entonada, que puede cantar bajo la ducha o silbar mientras barre la entrada de su casa.
Tampoco tengo conocimientos suficientes sobre imagen y técnica cinematográfica como para opinar sobre este clip; pero puedo describir lo que veo: un chico ególatra con sombrero de vaquero de western que lleva escrito en letras enormes su propio nombre en cada pernera del pantalón (¿material para Freud?); unos paisajes “típicos” de la sierra ecuatoriana; un montaje del cantante con el halo blanquecino que no veíamos desde la época de “El Chapulín Colorado” sobre las imágenes del atentado. Y de actuación… bueno, una total inexpresividad facial, gestual y fonética al “gritar” (si se le puede llamar así) “No pueedee seer… noooooooo”, igualito, sin signos de admiración.
Y bueno, sobre la letra tal vez podría hablar un poquito más… si hubiera algo qué decir. Quizá Delfín es un genio en el manejo del tono conversacional; pero esa hipótesis queda destruida nada más ver alguna de las entrevistas en donde se percibe claramente que este joven intérprete desconoce los más básicos fundamentos de cualquier sintaxis oral, incluso al responder preguntas muy elementales de ciertos periodistas, o cuando la letra misma de la canción reza: "Un mal recuerdo yo
la viví / los terroristas
lo exterminaron (a
ella)". Una narración plana, en busca del efectismo de la tragedia de una ecuatoriana anónima, supuesta novia o esposa del narrador, que muere en el atentado del 11 de septiembre, repleta de lugares comunes tomados de la prensa nacional y latinoamericana que, por otro lado –no me van a dejar mentir – es pródiga en ellos
(…no la salvó/ ni el dinero/ ni la religión); una total ausencia de búsqueda estética (aunque sea inconsciente) o de algún mínimo recurso literario o poético.
Debo también dejar en claro algunas cosas: no me molesta que Delfín Quishpe sea indígena. No me ofenden para nada su baja estatura, sus ojos rasgados, su piel cobriza, ni siquiera su vestido, aspectos que algunos comentaristas del Youtube destacan como algo denigrante. Eso es lo de menos, o no es motivo de nada. Supongo que estos comentaristas serán unos desabridos
dandies rubios ojiazules de dos metros y medio y por eso opinan así. Tampoco me molesta su procedencia y la anécdota de que a los diez años dejó la escuela (lo cual se nota demasiado, es cierto). Ni siquiera me molesta que esta canción suene y sea muy popular en ciertos ámbitos en donde puede ser representativa del gusto y la sentimentalidad al uso.
¿Qué me molesta, entonces?
Es esa sensación vergonzante, igual a la que sentí cuando una desventurada mujer ecuatoriana, que renegaba de su origen afirmándose venezolana, pasó al escenario mundial al cercenar el pene de su marido y verdugo norteamericano, y de golpe todo el mundo supo que nuestro país existía, dónde quedaba, y aquí en el Ecuador hubo quien la declaró heroína y quiso aplicar sus métodos a cierto tipo de delitos; me explico: esa sensación de que, en el contexto internacional, al Ecuador no se le puede conocer más que por lo sórdido, lo kitch, lo elemental, lo mediocre. Esa honda y dolorosa vergüenza ajena de ver al mismo Delfín mientras dos locutores nacionales muy “prepis” se burlan de él ante las cámaras y, para mayor escarnio, él está feliz como un niño en una fiesta de cumpleaños en donde no le han avisado que él será el payaso.
No creo, por otro lado, que el Ecuador sea el único país en donde aparecen este tipo de “productos musicales”, por llamarlos de algún modo. Pero, ¿por qué no están en el Youtube (o por lo menos no se nota tanto su presencia) o en otros escenarios internacionales, comentados y criticados por todo el planeta, Carlos Michelena o Tercer Mundo? ¿Por qué no venden discos a montones, aunque sea en Colombia, intérpretes como Terry Pazmiño en lo clásico, y en lo popular grupos como Verde 70, La Grupa, o cantautores como Pancho Prado, Fabián Jarrín, Washo Flores, Jaime Guevara, Santiago Martínez o Fabián Meneses? ¿Por qué cuesta tanto llenar una sala minúscula como el teatro Prometeo para un recital de buena música urbana con buenos artistas ecuatorianos? ¿Por qué no se puede encontrar en los fondos de editoriales españolas o en librerías latinoamericanas y muchas veces ni siquiera ecuatorianas obras de Luis A. Martínez, Joaquín Gallegos Lara, Eliécer Cárdenas, Demetrio Aguilera Malta, Margarita Laso, María Fernanda Espinosa…?
Si Delfín Quishpe es el más fuerte, o por lo menos más popular referente de la cultura del Ecuador para el mundo, cabe preguntarse si tiene algún sentido la existencia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. ¿O podrá hacer algo más al respecto el flamante Ministerio de Cultura?
¿De quién es la culpa? ¿Qué se puede hacer?
¿Quién lo hizo y por qué, Diosito lindo, por qué lo hizo?